Una mujer intenta entrar a una habitación. Golpea y le advierten que no entre. Valientemente vuelve a golpear y recibe la misma respuesta. Insiste en entrar nuevamente pero la respuesta es una y otra vez la misma: ¡No!
Pero la mujer no desiste en su intento de entrar. Un día golpea y ya automáticamente presta a darse vuelta para irse recibe una respuesta inesperada: la puerta se abre. La mujer queda paralizada por el asombro. Abre, ingresa, observa que todo es como se lo había imaginado o mejor. Sin embargo gira, vuelve sobre sus pasos, se dirige nuevamente hacia la puerta y sale de la habitación cerrando sigilosamente la puerta.
En la misma habitación un hombre se pasa tapando todos los rayos de luz que asoman por la rendija de la puerta con burletes débilmente engomados. Siempre que tapa un costado se le vuelve a filtrar un rayo por otro costado. Finalmente logra a duras penas sellar todo el marco de la puerta cuando nota que también se filtra luz por debajo. Y ya no le quedan más burletes. Se acuesta entonces en el piso para no dejar que tampoco ese ya estrechísimo rayo de luz pueda iluminar siquiera algo del cuarto. Pero, cuando por fin las sombras ganan la totalidad de la habitación, los golpes en la puerta que provienen del otro lado hacen caer todos los burletes.
Ya desesperado, intenta colocar nuevamente los burletes dentro del marco en vez de colocarlos encima de él. Por lo tanto cae en la necesidad de tener que abrir la puerta. Da vuelta la llave y se va hacia otra habitación para buscar más pegamento o tal vez clavos. Y fue en ese preciso instante cuando la mujer ingresó.
En el cuarto contiguo el hombre se mira frente a un espejo. Tiene como un escaparate lleno de sombreros con una tarjeta identificadora al frente de cada uno. Se va probando uno a uno los sombreros. Primero se prueba uno de ala ancha, cuya tarjeta dice Egoísmo. Lo cambia por un gorro con una tarjeta donde se lee Amor y después por un sombrero de hongo que dice Melancolía. Y así va cambiando de sombrero de acuerdo al cartel que tiene cada uno que, al mismo tiempo, le va cambiando su estado de ánimo. Hasta que finalmente se coloca otro sombrero negro que dice Soledad. Y no se lo puede desprender y no se lo puede quitar, y siente que cada vez más el sombrero le va apretando el cráneo, le va comprimiendo el cerebro. El hombre entonces le pregunta al espejo porqué ella no está más y el espejo le contesta que fue porque él había cerrado todas las puertas. Y entonces se coloca sobre ese sombrero otro más grande, de forma de galera, con un gran cartel identificador que dice Demencia y mientras éste se lo prueba descubre que al tirar hacia abajo la galera fue cediendo y tapando primero su rostro como un velo pero luego siguió bajando y como un gran telón de cine fue cubriendo todo su cuerpo paulatinamente hasta solo escuchar un leve sollozo dentro de la galera de una voz que iba diciendo por lo bajo: ¿Por qué ella no me ama más?
La mujer después de salir de la habitación soñada vuelve a su propia habitación. Está sentada ahora frente a un gran espejo de pared que va cambiando de color. De repente se ve todo de amarillo, de repente cambia y todo se ve de azul. Toma una tiza de su escritorio y comienza a contornear sobre el espejo los bordes de su figura, pero la tiza no escribe bien, no quedan bien definidos los trazos y borra lo dibujado con la mano. Entonces toma un crayón y vuelve a dibujar los contornos de su figura. Sin embargo, tampoco le satisface el resultado y cuando intenta volver a borrarlo suena su celular y se va a contestarlo. En el espejo, ahora iluminado por un suave color verde, queda dibujada o más bien desdibujada la cara del hombre que está del otro lado del espejo llamando por teléfono.
Hombre: - hola, soy yo.
Mujer: - hola, yo también soy yo… pero vos ¿quién sos?
Hombre: - fui el que te amó ¿y vos?
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